Hay fechas que no se olvidan. El 30 de enero de 2014, El Sardinero no vibró por un gol. Vibró por un silencio. Gracias papá por enseñarme el significado de la dignidad.

Un club al borde de la desaparición

Para entender lo que pasó esa noche hay que recordar el infierno que estaba viviendo el racinguismo por aquel entonces. El equipo llevaba meses sin cobrar, arrastraba descensos, deudas y una gestión que había llevado al club al borde de la quiebra. Los campos de Tercera, los desplazamientos a pueblos pequeños, las gradas medio vacías… nada de eso se parecía al Racing que todos llevábamos en el corazón. El club que había sido fundador de LaLiga estaba a un paso de desaparecer.


En esas condiciones, casi de milagro, el equipo llegó a cuartos de final de la Copa del Rey tras eliminar al Sevilla y al Almería. Enfrente, la Real Sociedad. La ida se perdió 3-1 en Anoeta. Quedaba la vuelta, en casa, con una eliminatoria prácticamente sentenciada… pero con algo mucho más importante en juego que el fútbol.

El partido que no se jugó

Los jugadores llevaban seis meses sin cobrar. La directiva no se había ido pese a las promesas. Y aquella noche, cuando el árbitro Gil Manzano dio inicio al encuentro, ocurrió algo que ningún racinguista olvidará jamás: los futbolistas titulares se abrazaron en el círculo central. No se movieron. El cuerpo técnico y el resto de la plantilla formaron de pie detrás de ellos. La Real Sociedad envió el balón fuera. El colegiado suspendió el partido antes de que se cumpliera el primer minuto.


No fue una derrota. Fue una victoria moral que puso al Racing en el centro del fútbol mundial. El club fue descalificado de la Copa y sancionado la temporada siguiente, un precio deportivo altísimo. Pero aquel gesto, respaldado por una afición entera que entendió perfectamente lo que estaba pasando en el campo, marcó el principio del fin de la peor crisis de la historia verdiblanca. Días después llegó el cambio en la directiva que tanto se había reclamado.

De la ruina a Primera División

Lo que vino después no fue fácil ni inmediato. Hubo que reconstruirlo casi todo desde abajo, con paciencia, con sacrificio, con esa identidad racinguista que se forjó precisamente en los años más duros. Pero aquel plante de honor sembró algo que ya no se movió: la certeza de que este club, cuando se une entorno a sus valores, es capaz de cualquier cosa.
Hoy, cuando vemos al Racing compitiendo en Primera División, es imposible no pensar en aquella plantilla de 2014. En Mario Fernández abrazado con sus compañeros en el círculo central. En una grada que, en lugar de pitar por un partido que no se jugaba, entendió y respaldó a su equipo. Ese momento no está en las estadísticas ni en las tablas clasificatorias, pero está en el ADN de todo lo que ha venido después.
Por eso, cada vez que el Racing salta a un césped de Primera, hay una parte de esa alegría que le pertenece a aquella plantilla que se plantó por dignidad, y a esa afición que, en la noche más oscura, decidió no abandonar a su equipo.

GRACIAS A ELLOS .

Han pasado más de diez años desde aquella noche, pero el recuerdo del plante de honor del Racing sigue muy vivo en Cantabria. La propia Fundación Real Racing Club ha editado cuentos infantiles para que las nuevas generaciones de aficionados conozcan lo que ocurrió aquel 30 de enero, y varios de los protagonistas de aquel equipo siguen ligados al club hoy en día. Es una historia que se cuenta en las gradas, en las peñas y en cada aniversario, porque resume mejor que ninguna otra lo que significa ser racinguista: entender que hay cosas más importantes que un resultado.

Por El Rincón Racinguista

Redactor deportivo de comuniate responsable del Racing Club de Santander.

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